Los minutos transcurrieron hasta que oí sirenas fuera del hospital. Dos policías y un detective entraron con paso firme. El Dr. Cruz se acercó primero y murmuró algo que no entendí bien. Entonces el detective se giró hacia mí.
"¿Sra. Ramírez? Soy la detective Fernanda Salgado. Necesitamos hablar en privado."
Mi corazón latía con fuerza.
"¿Qué les pasó? Por favor... dígame que mi hijo estará bien."
"Estamos haciendo todo lo posible", respondió con suavidad. "Pero primero necesito confirmar algunos hechos. Esto... esto puede que no haya sido un accidente."
Sus palabras me golpearon como el hielo.
La seguí hacia la consulta del médico, cada paso más pesado que el anterior.
Justo antes de entrar, una enfermera salió corriendo de urgencias, llamando desesperadamente al equipo quirúrgico.
Algo salió mal.
Y la pesadilla apenas comenzaba...
La detective Fernanda Salgado cerró la puerta de la consulta tras nosotros. La luz fluorescente titilaba tenuemente sobre nuestras cabezas, llenando la habitación de un frío que igualaba el nudo que sentía en el pecho. Lucía se sentó a mi lado, apretándome la mano temblorosa mientras el detective colocaba varios documentos sobre la mesa.
"Sofía", empezó con cautela, "lo que voy a contarte puede que te cueste creerlo, pero necesitamos tu cooperación".
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