Eso era lo que más le dolía a Carmen. No la crueldad en sí, sino la vergüenza, la necesidad de esconderse.
Te quedaste allí, observando a cada niño por turno, esperando la más mínima señal de que se acordaran de ti. Noches en las que te saltabas comidas para que tuvieran sus botas de fútbol, sus uniformes, sus excursiones escolares, sus libros de preparación para los exámenes. Inviernos en los que trabajabas sin descanso para pagar la hipoteca. Veranos en los que Carmen cosía ropa para medio vecindario, hasta que le escocían los ojos y le dolían los hombros.
Nadie lo recordaba. O tal vez sí, y simplemente decidieron que ya no importaba.
Daniel colocó entonces una carpeta sobre la mesa de centro y pronunció la frase que claramente había ensayado.
"Si no firmas y te marchas esta noche, mañana cambiaré las cerraduras y dejaré tus pertenencias fuera."
La habitación quedó tan silenciosa que se podía oír el zumbido del frigorífico de la cocina.
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