El Hotel Grand Aurora, en el centro de Minneapolis, resplandecía como un palacio real esa noche.
Lámparas de araña de cristal bañaban los suelos de mármol con una luz dorada. Un cuarteto de cuerda tocaba suavemente junto a una pared cubierta de rosas. Cientos de invitados llenaban el salón, ataviados con vestidos de seda y elegantes trajes, bebiendo champán y susurrando las últimas noticias. Cada detalle había sido planeado meticulosamente durante meses, desde las sillas con ribetes dorados hasta el imponente pastel de bodas con forma de catedral.
Y en el centro de todo estaba yo.
Me llamo Brandon Cole. Iba a ser el novio que todos envidiarían, con un esmoquin negro al lado de la mujer que supuestamente amaba. Melissa Davenport, heredera de la influyente familia Davenport, cuyo nombre es sinónimo de riqueza, finanzas y bienes raíces en el Medio Oeste. Su influencia era legendaria. Su arrogancia, aún más.
Pero bajo la elegancia, sentía una opresión en el pecho. No por el matrimonio en sí –Melissa me gustaba, o al menos eso creía–, sino porque sabía cómo su familia veía a mi padre.
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