—Duele, Clara… la almohada me muerde —sollozó el niño, señalando con un dedo tembloroso el objeto de seda blanca que descansaba perfectamente acomodado, como si fuera una pieza de museo.
Clara frunció el ceño. ¿La almohada le muerde? Pensó en alergias, pensó en ácaros, pero la reacción de Leo era demasiado violenta. Se acercó a la almohada. Era pesada, mucho más de lo normal para ser de plumón de ganso. Al tacto era fría, extrañamente densa. James la había comprado en una subasta de antigüedades en Europa, presumiendo que era una reliquia de una familia real desaparecida. “Solo lo mejor para mi hijo”, decía, mientras ignoraba que lo mejor estaba matando al niño por dentro.
Clara encendió la lámpara de la mesa de noche y tomó la almohada. Al moverla, juró escuchar un leve crujido metálico, casi imperceptible. Leo se encogió más al verla manipular el objeto. La niñera, guiada por un instinto que desafiaba toda lógica, buscó la costura. No había cremallera. Estaba sellada con una puntada invisible y perfecta. Con una pequeña tijera de costura que siempre llevaba en su delantal, Clara comenzó a descoser una esquina.
Lo que empezó a salir de allí no fue pluma, ni algodón.
Un olor rancio, a metal oxidado y a algo orgánico descompuesto, inundó la habitación. Clara metió la mano, protegiéndola con un pañuelo, y sintió algo afilado. Al tirar hacia afuera, su rostro palideció hasta quedar del color de la cera. No eran plumas. Dentro de la funda de seda, mezclados con un relleno oscuro y apelmazado, había cientos de alfileres de plata antigua, dispuestos de tal manera que, al ejercer presión con el peso de la cabeza, las puntas atravesaban la tela interior pero permanecían ocultas bajo la seda exterior.
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