El hijo del millonario se negaba a comer nada hasta que la pobre ama de casa se lo cocinara.

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Sebastian asintió y dio un paso hacia la salida, pero el leve aroma a sopa de verduras aún persistía en sus fosas nasales. No era un aroma refinado, sino uno sencillo y cálido que le recordaba a su infancia. La cocina de su madre, cuando la vida no giraba en torno al dinero ni a las apariencias.

—¿Qué lleva esta sopa? —preguntó, casi sin darse cuenta.

—Patatas, zanahorias, perejil y huesos de pollo, bien cocidos. Es la receta de mi madre. La preparaba cuando éramos pequeños y estábamos enfermos.

Sebastian sintió una extraña sensación.

—¿Podrías poner a hervir otra olla? —preguntó. —Claro, señor.

Dos horas después, el olor a sopa inundaba la casa. Elena llevó un platito a la habitación del bebé. Andrei estaba sentado en su cuna, con los ojos muy abiertos y cansados. Gabriela se encogió de hombros con impotencia.

Pero cuando el vapor de la sopa se elevó en el aire, el bebé giró la cabeza. Sus labios se movieron ligeramente. Elena se acercó lentamente, con la cuchara temblando.

—Vamos, cariño... solo es una cuchara —susurró.

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