Esa noche, la señora Zofia Kowalska no durmió. Yacía en su estrecha cama, escuchando el murmullo del jardín, y sus dedos exploraban los bordes de la vieja caja. El papel del interior era grueso, irregular, seco en algunas partes y quebradizo por el paso del tiempo. Había guardado estos documentos durante décadas, sin saber exactamente qué estaba escrito dentro, pero recordando una cosa: su esposo le había dicho que nunca los tirara. «Si me pasa algo, llévalos al notario», le había dicho. Zofia asintió. Siempre solo asentía.
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