—Un hombre sencillo no le practica una trepanación craneal al hijo de un leñador y le salva la vida —replicó el mensajero, adelantándose—. Mi amo está en el carruaje. Se está muriendo. Si exhala su último aliento en su puerta, esta casa quedará reducida a cenizas antes del amanecer.
Zainab se acercó a Yusha, con la mano apoyada en su brazo. Sintió la frenética vibración de su pulso. "¿Quién es el amo?", preguntó con voz firme y fría.
—El hijo del Gobernador —susurró el mensajero—. El hermano de la muchacha que murió en el Gran Incendio.
La ironía era un peso físico. La misma familia que había perseguido a Yusha hasta la muerte, que había reducido su vida a cenizas, ahora estaba acurrucada en un carruaje a su puerta, rogando por la vida de su heredero.
—No lo hagas —susurró Zainab mientras el mensajero se retiraba a buscar al paciente—. Te reconocerán. Te llevarán a la horca en cuanto se estabilice.
—Si no lo hago —respondió Yusha con voz áspera y entrecortada—, nos matarán a ambos. Y más aún, Zainab... Soy médico. No puedo dejar que un hombre se desangre bajo la lluvia mientras tengo la aguja en la mano.
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