Los ancianos de la aldea se apresuraron hacia el camino de tierra, haciendo una reverencia tan profunda que sus frentes rozaron la escarcha. Un joven, envuelto en pieles de seda color carbón y con el anillo de sello del Gobernador Provincial, pisó la tierra helada. Ya no era el niño destrozado con el muslo podrido; era un gobernante con una mirada cortante como un viento invernal.
—Busco a la Santa Ciego y su Sombra Silenciosa —resonó la voz del Gobernador, aunque había un matiz de reverencia debajo de su autoridad.
Yusha estaba de pie en la puerta de la clínica, limpiándose las manos con un delantal manchado. No hizo ninguna reverencia. Se había enfrentado a la muerte demasiadas veces como para dejarse intimidar por una corona.
—El Santo está ocupado cambiando un vendaje —dijo Yusha con voz grave—. Y la Sombra está cansada. ¿Qué quiere la ciudad de nosotros ahora?
El Gobernador, llamado Julián, se dirigió al porche. Se detuvo a tres pasos, con la mirada fija en el hombre que una vez fue un fantasma.
—Mi padre ha muerto —dijo Julián en voz baja—. Murió maldiciendo al «monje» que me salvó, porque en el fondo sabía que ningún monje tiene manos de cirujano. Pasó sus últimos años intentando encontrar esta casa de nuevo para terminar lo que empezó en el Gran Incendio.
Zainab apareció en la puerta, con la mano apoyada en el marco. Llevaba un chal de color índigo intenso, y sus ojos ciegos parecían traspasar las galas de Julián.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Viniste a terminar su trabajo?
Julián se arrodilló sobre el barro helado. El pueblo contuvo el aliento.
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