“No somos quienes vivían en esa ciudad”, le dijo Zainab al gobernador. “Esa versión de nosotros murió en el fuego y la oscuridad. Si nos vamos, no nos vamos como élites restauradas. Nos vamos como los mendigos que aprendieron a ver”.
—Acepto tus condiciones —dijo Julián, con una pequeña y genuina sonrisa rompiendo su fachada de piedra.
La partida no fue un gran desfile. Solo se llevaron sus hierbas, sus instrumentos de plata y los recuerdos de la cabaña.
Mientras el carruaje ascendía la colina hacia la ciudad, Zainab sintió que el aire cambiaba. El aroma del río se desvaneció, reemplazado por el denso y complejo olor a piedra, humo y humanidad.
—¿Tienes miedo? —susurró Yusha, envolviéndose en las pieles.
—No —dijo ella, apoyando la cabeza en su hombro—. La oscuridad es la misma en todas partes, Yusha. Pero ahora, nosotros llevamos la luz.
En el valle, la casa de piedra estaba vacía, pero el jardín seguía creciendo. Años después, los viajeros se detenían allí para recoger una ramita de lavanda, contando la historia de la niña ciega que se casó con un mendigo y terminó enseñando a un reino a sanar.
Dicen que en ciertas noches, cuando el viento es propicio, todavía se puede oír el sonido de un hombre describiendo las estrellas a una mujer que las vio con más claridad que nadie.
El fuego había tomado su pasado, la oscuridad había moldeado su presente, pero juntos, habían tallado un futuro que ninguna llama podía tocar y ninguna sombra podía ocultar.
Para ver as instruções de preparo completas, vá para a próxima página ou clique no botão Abrir (>) e não se esqueça de COMPARTILHAR com seus amigos no Facebook.
