Las semanas siguientes fueron un lento despertar. En casa de su padre, Zainab había vivido en un estado de privación sensorial, con la obligación de estar quieta, en silencio, de ser invisible. Yusha hizo lo contrario. Se convirtió en sus ojos, pero no mediante una simple descripción. Pintó el mundo en su mente con la precisión de un maestro.
«El sol hoy no es solo amarillo, Zainab», decía mientras estaban sentados junto al río. «Es del color de un melocotón justo antes de magullarse. Es pesado. Es la sensación de una moneda caliente en la palma de la mano».
Le enseñó el lenguaje del viento: la diferencia entre el susurro de los álamos y el seco traqueteo del eucalipto. Le trajo hierbas silvestres, guiando sus dedos sobre las aserradas hojas de la menta y la aterciopelada piel de la salvia. Por primera vez en su vida, la oscuridad no era una prisión; era un lienzo.
Se encontró escuchando el ritmo de su regreso cada noche. Se encontró extendiendo la mano para tocar la áspera tela de su túnica, sus dedos deteniéndose en el latido constante de su corazón. Se estaba enamorando de un fantasma, un hombre definido por su pobreza y su bondad.
Pero las sombras siempre se alargan antes de desaparecer.
Un martes, envalentonada por su nueva autonomía, Zainab llevó una cesta a las afueras del pueblo para recoger verduras. Conocía el camino: cuarenta pasos hasta la gran piedra, un brusco giro a la izquierda al percibir el aroma de la curtiduría, y luego recto hasta que el aire refrescó junto al arroyo.
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