—Es un mentiroso —susurró Aminah—. Pregúntale sobre el Gran Incendio del Este. Pregúntale por qué no puede aparecer en la ciudad.
Zainab huyó. No usó su bastón; corrió por instinto y agonía, encontrando el camino de regreso a la cabaña con los pies en la desesperación. Permaneció sentada en la oscuridad durante horas, con la tierra fría filtrándosele los huesos.
Cuando Yusha regresó, el aire se sentía diferente. Su olor a humo de leña ahora olía a engaño quemado.
—¿Zainab? —preguntó, percibiendo el cambio. Dejó un pequeño paquete sobre la mesa: pan, quizás, o un poco de queso—. ¿Qué ha pasado?
—¿Siempre fuiste mendiga, Yusha? —preguntó. Su voz era hueca, como un junco chasqueando al viento.
El silencio que siguió fue largo y pesado, cargado con cosas que no se dijeron.
—Te lo dije una vez —dijo, con la voz desprovista de su calidez poética—. No siempre.
Mi hermana me encontró hoy. Me dijo que eres una mentira. Me dijo que te escondes. Que me usas —mi oscuridad— para mantenerte en las sombras. Dime la verdad. ¿Quién eres? ¿Y por qué estás en esta cabaña con una mujer por la que te pagaron para que te llevaras?
Lo oyó moverse. No alejándose de ella, sino acercándose. Se arrodilló a sus pies, sus rodillas golpearon la tierra compacta con un golpe sordo. Tomó sus manos entre las suyas. Estaban temblando.
“Yo era médico”, susurró.
Zainab se echó hacia atrás, pero él la sujetó.
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