En el octavo mes de mi embarazo, mientras limpiaba la casa, rocé a mi suegra. Me insultó, me abofeteó y me echó agua sucia de la fregona encima. Resbalé, me caí y rompí aguas: en ese instante, supe que todo estaba a punto de cambiar.

Unas semanas después, nuestro hijo por fin volvió a casa. Todavía era muy pequeño, pero fuerte. Al tenerlo en mis brazos, me di cuenta de lo cerca que habíamos estado del desastre.

Esta historia no trata de culpar a nadie. Trata sobre las posibles consecuencias del estrés y la presión emocional, especialmente durante el embarazo. A veces, el daño no proviene de la crueldad, sino de la falta de comprensión.

He aprendido que protegerme no es egoísta, y que establecer límites no es rechazar. Es cuidarse a uno mismo.

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