En Nochebuena, mientras estaba en el trabajo, mi familia acusó a mi hija de siete años de mentir y la castigó cruelmente.

Pero la verdadera vergüenza eran ellos.

Y ahora no estaba escrito con rotulador en la frente de la chica, sino en su historial criminal.

Esa noche, Ruby y yo hicimos galletas y debatimos quién era peor cantando villancicos.

Se rió tanto que se le sonrojaron las mejillas.

Ahora estamos bien.

Solo nosotras dos.

Y ya basta.

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