En una fiesta celebrada para festejar el ascenso de su nuera, su suegra levantó su copa y de repente dijo:

Esa tarde, mi nuera y su esposo estaban sentados en el balcón de su pequeño apartamento, contemplando las luces de la ciudad.

—¿Crees que nos pasamos de la raya? —preguntó él.

—No —respondió ella—. Nos pasamos de la raya.

Dos meses después, se mudaron a un apartamento de tres habitaciones en un barrio tranquilo de Brașov. Pagaban puntualmente y tenían grandes ventanales.

Mi suegra nunca más volvió a visitarlos sin avisar. Y nunca más volvió a bromear.

Y mi nuera durmió profundamente por primera vez después de años de silencio.

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