Esa noche comenzó demasiado tranquila para…

²

Empezamos a comer.

El sabor era extraño; no estaba en mal estado, no era fuerte, simplemente… insípido. Lo atribuí al cansancio. A la falta de sueño. A la ansiedad que me nublaba los sentidos.

Tras unos minutos, me costaba sujetar el tenedor. Sentía las manos pesadas, como si intentara levantarlas a través del agua. Intenté decirle algo a Evan, pero me costaba hablar y las palabras se me escapaban de la boca.

La habitación se convirtió en un torbellino.

Evan se frotó los ojos y se recostó sobre la mesa.

“Mamá… tengo mucho sueño…”

Julian se levantó demasiado rápido. Demasiado pronto. Su mano se posó sobre el hombro de su hijo con una ternura inquietante.

“Estoy bien, solo cansado”, dijo.

Yo ya sabía que eso no era cierto.

El pánico me invadió con fuerza, como una cerilla en la oscuridad. Intenté ponerme de pie, pero mis piernas no me sostenían. El suelo me recibió frío, y las fibras de la alfombra se me clavaban en la mejilla.

Y en ese instante, en el breve espacio entre la consciencia y el abismo de la oscuridad, el instinto habló con más fuerza. No la razón. No la lógica. Algo ancestral, maternal, animal.

Obligué a mi cuerpo a relajarse por completo.

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