La muerte de mi hijo, el cuerpo tirado en mi puerta. Mi tía escuchó en silencio, con los ojos llenos de lágrimas y cuando terminé me tomó las manos y me miró fijamente. ¿Vienes a buscar la dormilona negra, verdad? No me sorprendió que lo supiera. Mi tía también era curandera. También había heredado el conocimiento de mi abuela. Conocía las plantas y sus usos, los buenos y los malos.
Le dije que sí, que venía a buscarla, que necesitaba hacer justicia por mi muchacho. Mi tía cerró los ojos un momento, como si estuviera consultando con los espíritus. Después los abrió y asintió lentamente. Te voy a llevar al lugar donde crece, pero antes tienes que saber algo, Consuelo. Cuando usas la dormilona negra para matar una parte de tu alma muere también. Nunca vuelves a ser la misma.
¿Estás dispuesta a pagar ese precio? Le dije que sí, que ya estaba muerta por dentro desde que mataron a Daniel, que no me importaba. perder lo que me quedaba de alma si con eso podía vengar a mi hijo. Mi tía asintió otra vez, se levantó de su silla con dificultad y me hizo señas para que la siguiera. Caminamos por el monte durante dos horas, subiendo por senderos que solo ella conocía, cruzando arroyos y trepando rocas.
A pesar de su edad, mi tía caminaba con paso firme, como si el monte le diera fuerzas. Yo la seguía en silencio, jadeando por el esfuerzo, sintiendo como el aire frío de la sierra me llenaba los pulmones. Finalmente llegamos a un pequeño claro junto a un arroyo de agua cristalina y ahí, creciendo a la sombra de unos encinos viejos, estaba la dormilona negra.
Reconocí las hojas oscuras y las flores moradas casi negras que mi madre me había mostrado hacía tantos años. Mi tía me enseñó a cortarla correctamente, a seleccionar las hojas más maduras, a extraer las raíces sin dañar la planta para que siguiera creciendo. Me explicó otra vez cómo preparar el veneno, cómo calcular las dosis, cómo conservarlo para que no perdiera potencia.
Una cucharadita en la comida mata a un hombre de 80 kg en 8 a 12 horas. Me recordó. Los síntomas parecen un infarto. Dolor en el pecho, dificultad para respirar, sudoración. Para cuando llega al hospital ya está muerto y ningún doctor va a encontrar nada raro en la autopsia porque nadie sabe buscar esta planta. Le agradecí con un abrazo largo y apretado.
Mi tía me besó la frente y me dijo que rezaría por mí, que le pidiera perdón a la Virgen por lo que iba a hacer, que no olvidara que aunque los hombres merecieran la muerte, el acto de matar siempre dejaba cicatrices en el alma. Regresé a Guadalajara con una bolsa llena de dormilona negra escondida entre mis cosas. Pasé los siguientes días procesando las plantas según las instrucciones de mi madre y mi tía.
Sequé las hojas al sol, las molí en el metate hasta convertirlas en polvo fino. Preparé un extracto concentrado hirviéndolas en agua y evaporando el líquido hasta que quedó una pasta oscura. Guardé el veneno en frascos pequeños de vidrio que escondí en el fondo de mi alacena. detrás de los frascos de especias que usaba para cocinar.
Nadie sospecharía de unos frasquitos más en la cocina de una cocinera. También preparé toloache y chamico por si necesitaba variar los métodos. Cada veneno tenía sus ventajas y desventajas. El toloache era más fácil de conseguir, pero tenía un ligero sabor amargo. El chamico era más potente, pero tardaba más en hacer efecto.
La dormilona negra era perfecta, pero difícil de reponer una vez que se acabara. Para finales de mayo, un mes después de la muerte de Daniel, ya estaba lista para empezar. Mi primer objetivo fue el zorro, el halcón que había reportado a mi hijo aquella noche fatal. Era un tipo flaco y nervioso de unos 30 años, con ojos pequeños y nariz puntiaguda que le habían ganado el apodo.
Venía a comer a la casa de Tlajomulco tres o cuatro veces por semana. Siempre pedía lo mismo, un plato de pozole rojo con mucho orégano y chile. Observé sus rutinas durante dos semanas. Siempre llegaba solo, siempre se sentaba en la misma esquina del comedor, siempre comía rápido, como si tuviera prisa por irse.
Era perfecto para mi primer intento. Un miércoles de junio, cuando el zorro llegó a pedir su pozole, le preparé un plato especial. Usé la dormilona negra, media cucharadita mezclada con el caldo caliente. El veneno se disolvió completamente, sin alterar el color ni el sabor. Le agregué el orégano y el chile de siempre y se lo serví con una sonrisa.
Aquí tiene joven con harto chile como le gusta. El zorro se lo comió todo en 10 minutos. hasta remojó una tortilla en el caldo para no dejar nada. Cuando terminó, me felicitó por el pozole como siempre, dejó 50 pesos de propina y se fue. Esa noche no dormí. Me quedé despierta contando las horas, imaginando lo que estaba pasando dentro del cuerpo del zorro, el veneno entrando en su sangre, llegando a su corazón, empezando a hacer su trabajo.
Al día siguiente, cuando llegué a trabajar, doña Celia me dio la noticia con cara de preocupación. Ya se enteró, Consuelo. El zorro se murió anoche, le dio un infarto en su casa, lo encontró su mujer tirado en el baño. Apenas tenía 32 años, ¿quién iba a decir? Fingí sorpresa y tristeza. Dije que qué tragedia, que tan joven, que cómo era posible.
Por dentro sentí algo que no había sentido desde la muerte de Daniel. Satisfacción. El primero había caído, quedaban 13. Las semanas siguientes fui refinando mi técnica. Aprendí a calcular mejor las dosis según el peso de la víctima. Aprendí a variar los venenos para que no hubiera un patrón detectable. Aprendí a espaciar las muertes para que nadie conectara los puntos.
El segundo fue el chino, el sicario gordo que había levantado a mi hijo. Le puse toloache en los frijoles refritos que tanto le gustaban, una dosis doble por su peso. Murió 5co días después de aparente derrame cerebral. Los doctores dijeron que había sido por su obesidad y su presión alta.
El tercero fue un tipo al que llamaban el pescado, que había participado en la tortura de Daniel, según escuché, en una conversación que no debían saber que yo estaba oyendo. Le puse chamico en el agua de Jamaica que le preparé en una tarde calurosa. Murió esa misma noche en su casa, aparentemente de un golpe de calor severo. El cuarto y el quinto fueron dos hermanos, los Tapia, que habían ayudado a sostener a mi hijo mientras le cortaban el cuello.
Los maté juntos en una carne asada donde me pidieron que preparara las salsas y los guisados. Puse dormilona negra en el guacamole que solo ellos comían porque los demás no les gustaba. Murieron con tres horas de diferencia en lo que los doctores llamaron intoxicación. alimentaria severa. Cada muerte era un pequeño alivio para mi alma destrozada.
Cada cuerpo que caía era un paso más hacia la justicia que el sistema nunca me iba a dar. No me sentía culpable, no sentía remordimiento, solo sentía que estaba haciendo lo que tenía que hacer, lo que cualquier madre haría si pudiera, pero sabía que tenía que ser cuidadosa. Demasiadas muertes en poco tiempo podrían levantar sospechas.
Así que empecé a espaciar más los ataques, a esperar semanas o incluso meses entre uno y otro. El sexto fue en septiembre. Un tipo al que llamaban el colombiano, aunque era de Michoacán, que había conducido la camioneta que transportó a Daniel al lugar donde lo torturaron. Le puse veneno en los tamales de rajas que le mandé de regalo por su cumpleaños.
Murió 4 días después de supuestos problemas renales. El séptimo fue en noviembre. un alcón llamado el perro que había vigilado que nadie interrumpiera mientras torturaban a mi hijo. Le puse toloache en el atole de masa que le vendí en una mañana fría. murió al día siguiente de lo que parecía una sobredosis de drogas, aunque él juraba que estaba limpio.
El octavo fue en enero del año siguiente. Un sicario veterano al que respetaban todos, el comandante Víctor, que había supervisado toda la operación esa noche. Era más difícil de alcanzar porque comía poco en la casa de seguridad. Prefería comer en restaurantes o en su propia casa. Tuve que esperar tres meses hasta que me encargaron preparar la comida para una reunión importante a la que él asistió.
Le puse dormilona negra en el mole negro, que era su platillo favorito. Murió una semana después de un infarto fulminante que sorprendió a todos porque él se cuidaba mucho y hacía ejercicio. Ocho muertos en menos de un año. Ocho de los 14 nombres de mi lista, la mitad del camino recorrido.
Para entonces empezaba a correr un rumor dentro de la organización. Decían que había una maldición sobre la gente que trabajaba en la zona de Tlajomulco. Decían que demasiados sicarios estaban muriendo de formas extrañas, que algo sobrenatural estaba pasando. Algunos hasta fueron a ver brujos y curanderos buscando protección contra el mal de ojo. Nadie sospechaba de doña Consuelo.
¿Cómo iban a sospechar? Era solo una viejita de 50 años que cocinaba para ellos desde hace una década. Era prácticamente de la familia. Era la señora que les hacía pozole y les preparaba agua de horchata cuando hacía calor. Ese era mi poder, mi invisibilidad, mi capacidad de parecer inofensiva mientras sembraba la muerte en cada platillo que servía.
Pero todavía quedaban seis nombres en mi lista. Incluyendo el más importante de todos, el comandante Ramiro, el jefe de plaza que había ordenado la muerte de mi hijo y él iba a ser el más difícil de alcanzar. El comandante Ramiro era un hombre precavido. A diferencia de los sicarios comunes que comían lo que fuera sin pensarlo dos veces, él tenía sus propias reglas de seguridad alimentaria.
Nunca comía nada que no preparara su cocinera personal. Una mujer de Michoacán que llevaba años trabajando exclusivamente para él. Nunca bebía de vasos que no hubiera visto servir directamente. Nunca aceptaba regalos de comida de nadie, ni siquiera de gente de confianza. Era como si supiera que alguien podría intentar envenenarlo.
O quizás solo era la paranoia natural de un hombre que había ordenado tantas muertes que ya no podía confiar en nadie. Durante meses lo observé buscando una debilidad, una grieta en su armadura de precauciones. Venía a la casa de Tlajomulco una o dos veces por semana para reuniones con otros jefes, pero nunca probaba la comida que yo preparaba.
Solo tomaba agua embotellada que él mismo traía y a veces ni eso. Los otros nombres de mi lista fueron cayendo mientras yo buscaba la manera de llegar a él. El noveno fue el químico, un tipo que se encargaba de procesar la droga y que había prestado las herramientas con las que torturaron a Daniel.
Lo maté en marzo con dormilona negra en un caldo de camarón que le preparé para curar su cruda después de una fiesta. Murió dos días después de aparente insuficiencia hepática, lo cual tenía sentido considerando cuánto bebía. El décimo fue el abogado, un licenciado corrupto que manejaba los asuntos legales del cártel y que había ayudado a encubrir la muerte de mi hijo, a asegurarse de que no hubiera investigación ni consecuencias.
No era sicario, era un hombre de traje y corbata que se creía mejor que los demás por tener título universitario. Lo maté en abril con Tolo H en el café que le llevé a su oficina cuando fui a cocinar para una reunión de negocios. murió una semana después de un derrame cerebral que sus colegas atribuyeron al estrés del trabajo.
El undécimo fue el gallo, un tipo presumido que se jactaba de haber sido quien le cortó el cuello a mi Daniel. Lo escuché una noche contando la historia en el comedor, riéndose mientras describía cómo mi hijo había llorado y suplicado antes de morir. Tuve que morderme la lengua hasta sangrar para no gritar, para no agarrar un cuchillo y clavárselo ahí mismo.
Esperé dos meses para matarlo, dos meses de verlo todos los días, de servirle la comida con una sonrisa, de escuchar sus bromas estúpidas y sus historias de violencia. Dos meses de imaginar su muerte una y otra vez mientras le preparaba el desayuno. Lo maté en junio con una dosis triple de dormilona negra en los chilaquiles que tanto le gustaban.
Quería asegurarme de que sufriera, de que sintiera como su cuerpo lo traicionaba, de que tuviera tiempo de saber que se estaba muriendo. Murió 12 horas después, solo en su departamento, retorciéndose de dolor, según contó el vecino, que escuchó sus gritos. Los doctores dijeron que había sido un infarto masivo, complicado, con falla multiorgánica.
11 muertos. Quedaban tres, incluyendo el comandante Ramiro. El dúo décimo fue relativamente fácil. Era un chóer llamado el patas que había manejado la camioneta que tiró el cuerpo de Daniel en mi puerta. No era sicario, solo chóer, pero había participado en el acto final de humillación contra mi hijo y contra mí.
Lo maté en agosto con chamico en una torta de tamal que le vendí en la calle, fingiendo que estaba vendiendo comida para juntar dinero extra. Murió al día siguiente de aparentes complicaciones respiratorias. El dettimottercero fue más complicado. Se llamaba el doctor, aunque no era médico, sino un tipo que se encargaba de interrogar a los prisioneros del cártel.
usando técnicas de tortura que había aprendido quién sabe dónde. Él había sido quien torturó a Daniel antes de que lo mataran, quien le arrancó las uñas y le quemó la piel según las marcas que vi en su cuerpo. El doctor casi nunca venía a las casas de seguridad. tenía su propio espacio de trabajo en algún lugar que yo no conocía y solo aparecía cuando lo llamaban para algún trabajo especial.
Tuve que esperar casi un año para encontrar la oportunidad. Se presentó en octubre de 2019 cuando el cártel organizó una fiesta grande para celebrar el cumpleaños de uno de los jefes principales. Me contrataron para cocinar para 200 personas, el evento más grande en el que había trabajado. Y entre los invitados estaba el doctor.
Lo identifiqué apenas llegó. un tipo de unos 40 años con lentes y cara de intelectual, que no parecía un torturador, sino un profesor de universidad. Vestía de manera formal, hablaba con palabras educadas y tenía modales que desentonaban con los sicarios tatuados que lo rodeaban. Observé qué comía, qué bebía, cuáles eran sus preferencias.
Descubrí que le gustaba el pozole blanco con mucha col y rábano, que era el único platillo que repetía. Le preparé un plato especial con una dosis generosa de dormilona negra, asegurándome de que nadie más comiera de esa olla específica. El doctor murió 5co días después de la fiesta. Según supe, empezó a sentirse mal la noche siguiente con dolores en el pecho y dificultad para respirar.
pensó que era indigestión, se tomó unas pastillas y se fue a dormir. No despertó. Los doctores del hospital, donde lo llevaron de emergencia dijeron que había sido un infarto fulminante, probablemente causado por una condición cardíaca no diagnosticada. 13 muertos quedaba solo uno, el comandante Ramiro. Para entonces ya llevaba casi dos años ejecutando mi venganza.
dos años de cocinar y matar, de sonreír y envenenar, de parecer una viejita inofensiva mientras sembraba la muerte a mi alrededor. había perdido la cuenta de cuántas veces había lavado sangre imaginaria de mis manos, de cuántas veces había rezado pidiéndole perdón a Dios por lo que estaba haciendo, pero no podía detenerme.
No hasta que el último nombre de mi lista estuviera tachado, no hasta que el comandante Ramiro pagara por haber ordenado la muerte de mi hijo. La oportunidad llegó de la forma más inesperada en diciembre de 2019. Doña Celia me llamó a su oficina un lunes por la mañana. Pensé que algo malo había pasado, que finalmente alguien había sospechado de mí, que mi tiempo se había acabado, pero lo que me dijo fue completamente diferente.
Consuelo, tengo una propuesta para usted. El comandante Ramiro va a organizar una posada navideña en su casa para toda la gente importante de la organización. Su cocinera de siempre está enferma. tiene algo grave en el hígado y no puede trabajar. Necesita alguien que la reemplace para el evento y usted es la mejor cocinera que tenemos.
Sentí que el corazón se me detenía por un segundo. Después empezó a latir tan fuerte que pensé que doña Celia podía escucharlo. Yo, cocinar en la casa del comandante Ramiro. Sí, usted. Él mismo aprobó la sugerencia cuando le dijeron que la cocinera de Tlajomulco era la mejor de Jalisco. Va a ser un evento grande, como 300 personas.
se le pagará muy bien, por supuesto. Le dije que sí, que sería un honor, que estaba muy agradecida por la oportunidad. Por dentro sentía algo que no había sentido en mucho tiempo. Esperanza. Finalmente iba a poder llegar a él. Las dos semanas siguientes fueron de preparación intensa. Visité la casa del comandante Ramiro tres veces para conocer la cocina, planificar el menú.
hacer listas de ingredientes. Era una mansión impresionante en la zona de Bugambilias, con jardines enormes, alberca climatizada y más seguridad que una cárcel de máxima seguridad. También fueron dos semanas de planificación de mi ataque final. tenía que ser perfecta, no podía haber errores.
Si algo salía mal, no solo moriría yo, sino probablemente también Gabriela y Pedrito. El problema era que el comandante Ramiro seguía siendo extremadamente precavido. Aunque su cocinera estaba enferma, tenía otras personas probando la comida antes de que él la tocara. un catador que comía de cada platillo 30 minutos antes de que se sirviera para asegurarse de que no estuviera envenenado.
Eso significaba que no podía simplemente ponerle veneno en el plato. Tenía que encontrar otra manera. Estudié sus hábitos durante mis visitas a la casa. Observé qué hacía, qué tocaba, qué rutinas seguía. Y entonces descubrí algo interesante. El comandante Ramiro tenía una costumbre peculiar. Después de las fiestas grandes, cuando ya todos los invitados se habían ido o estaban demasiado borrachos para anotarlo, él se retiraba a su estudio privado a fumar un puro y tomar una copa de coñac, siempre el mismo coñac, una botella de Génesis
XO que guardaba en un mueble bar dentro del estudio. Nadie más tocaba esa botella. Era su reserva personal, su momento de soledad después del caos de las celebraciones. Ahí estaba mi oportunidad. El día de la posada llegué a las 6 de la mañana con todo mi equipo de cocina. Trabajé sin descanso durante 12 horas, preparando pozole, tamales, birria, carnitas, buñuelos, ponche, todo lo que se necesitaba para alimentar a 300 personas.
tenía cinco ayudantes que había traído de Tlajomulco y entre todos convertimos la cocina en una máquina de producción perfecta. La fiesta empezó a las 7 de la noche. Llegaron camionetas de todas partes, hombres importantes con sus esposas enjadas, comandantes de otras plazas, políticos que saludaban a los narcos como si fueran viejos amigos.
La casa se llenó de música de banda, de risas, de brindis con tequila caro. Yo me mantuve en la cocina supervisando, cocinando, sirviendo. De vez en cuando salía al salón principal para verificar que todo estuviera bien, que la comida no se acabara, que los invitados estuvieran satisfechos. A la medianoche, cuando la fiesta estaba en su apoeo, pedí permiso para ir al baño, pero en lugar de ir al baño de servicio, me escabullí hacia el ala privada de la casa donde estaba el estudio del comandante Ramiro.
Había estudiado la distribución de la casa en mis visitas anteriores. sabía exactamente dónde estaba el estudio, dónde estaba el mueble bar, dónde estaban las cámaras de seguridad. Los guardias estaban concentrados en la fiesta, vigilando a los invitados, no prestando atención a los pasillos vacíos de la zona privada.
Entré al estudio con el corazón latiéndome en los oídos. Era un cuarto elegante con libreros de madera, sillones de piel y el mueble bar en una esquina. Encontré la botella de Genesis XO, exactamente donde esperaba, casi llena esperando a su dueño. Saqué el frasquito con dormilona negra, concentrada que había escondido en mi delantal.
Abrí la botella de coñac con manos temblorosas. Pertí frasquito, la cerré de nuevo y la agité suavemente para que se mezclara bien. El veneno no tenía color ni olor, se disolvió completamente en el alcohol oscuro. Salí del estudio tan silenciosamente como había entrado. Nadie me vio, nadie sospechó nada. Volví al baño, me lavé las manos tres veces y regresé a la cocina como si nada hubiera pasado.
La fiesta continuó hasta las 4 de la mañana. Vi al comandante Ramiro varias veces durante la noche riendo con sus invitados, bailando con su esposa, brindando por el éxito del año. Parecía feliz, relajado, sin sospechar que su muerte ya estaba preparada y esperándolo en su estudio.
Me fui de la casa a las 5 de la mañana, cuando ya casi todos los invitados se habían ido. Doña Celia me pagó 20000 pesos en efectivo. Me agradeció por el excelente trabajo. Me dijo que el comandante Ramiro había quedado muy impresionado con la comida. Seguramente la va a llamar otra vez para futuros eventos me dijo con una sonrisa. Dice que hacía años que no comía una birria tan buena.
Le agradecí y me fui a mi casa. No dormí esa noche ni la siguiente. Me quedé sentada en mi cocina esperando noticias, rezando para que mi plan hubiera funcionado. Las noticias llegaron tres días después. El comandante Ramiro había sido encontrado muerto en su estudio la mañana del 26 de diciembre. Su esposa lo había buscado cuando no bajó a desayunar y lo encontró desplomado en su sillón favorito con una copa de coñac todavía en la mano.
Los doctores dijeron que había sido un infarto masivo, probablemente causado por el exceso de comida y alcohol de las fiestas. Nadie sospechó nada. Nadie conectó su muerte con la fiesta de tres días antes. Nadie pensó en la cocinera que había preparado el banquete. 14 muertos. La lista completa, la venganza terminada.
Cuando escuché la noticia, fui al cuarto de Daniel, al cuarto que había mantenido exactamente como él lo había dejado, con sus libros de ingeniería, sus pósters de equipos de fútbol, su ropa todavía colgada en el closet, me senté en su cama y lloré durante horas. No eran lágrimas de tristeza, eran lágrimas de alivio, de liberación, de algo parecido a la paz que no había sentido desde que me tiraron su cuerpo en la puerta.
“Ya está, mi hijo”, le dije a su foto en el buró. “Ya pagaron todos, ya puedes descansar.” Han pasado 5 años desde que completé mi venganza. 5 años desde que el último nombre de mi lista fue tachado. En ese tiempo he seguido cocinando, aunque ya no para el cártel. Abrí un pequeño restaurante en una zona alejada de Guadalajara, un lugarcito modesto donde sirvo pozole, birria y tamales a la gente del barrio.
Gabriela terminó la carrera de medicina como siempre soñó. Ahora trabaja en un hospital público salvando vidas en lugar de quitarlas como su madre. Pedrito estudia ingeniería en la universidad cumpliendo el sueño que Daniel nunca pudo cumplir. Ninguno de los dos sabe lo que hice. Ninguno de los dos sabe que su madre es una asesina.
Y Valentina, la hija de Daniel, que apenas conoció a su padre, ya tiene 10 años. vive con su madre Marisol en otra ciudad, lejos de todo este horror. Le mando dinero cada mes, la visito cuando puedo, le cuento historias de su papá para que no lo olvide. Hago esta confesión porque sé que me queda poco tiempo. Los doctores me diagnosticaron cáncer de estómago hace 6 meses, avanzado, inoperable.
Probablemente sea karma, probablemente sea el precio de haber manipulado venenos durante tanto tiempo o probablemente sea simplemente mala suerte como todo lo demás en mi vida. No me arrepiento de lo que hice. Si tuviera que hacerlo de nuevo, lo haría exactamente igual. Cada uno de esos hombres merecía morir por lo que le hicieron a mi hijo.
La justicia mexicana nunca me la habría dado, así que tuve que tomarla con mis propias manos. Estuvo mal, probablemente fue pecado. Seguramente me condenará Dios por ello. No lo sé y la verdad ya no me importa. Lo único que me importa es que cuando me muera y llegue al otro lado, voy a poder ver a Daniel a los ojos y decirle que vengué su muerte, que no dejé que sus asesinos vivieran tranquilos mientras él se pudría en una tumba.
Que su madre hizo lo que cualquier madre haría si pudiera. Mi nombre es Consuelo Ramírez Vázquez. Tengo 52 años. Fui cocinera del cártel Jalisco Nueva Generación durante 10 años y maté a 14 sicarios usando el mismo conocimiento culinario que ellos tanto elogiaban. Esta es mi confesión final. Que Dios tenga misericordia de mi alma, porque yo no tuve misericordia de las de ellos.
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