Una simple petición
A estas alturas del día, ya me temblaban las piernas.
Me apoyé ligeramente en la mesa.
—David —dije en voz baja—. Me duele la espalda. ¿Puedo sentarme un momento? El bebé está dando muchas patadas.
Las risas cesaron.
David me miró con evidente irritación.
—Anna, no seas tan dramática. Mark nos está contando el caso Henderson. No lo interrumpas.
—Pero David…
—Solo trae la salsa, cariño —dijo, volviéndose hacia su invitada—. Las hormonas del embarazo, ya sabes.
Mark rió nerviosamente.
Regresé a la cocina con lágrimas en los ojos.
La verdad sobre mi pasado
Creían que estaba sola en el mundo.
Esa era la historia que contaba.
Cuando conocí a David, deseaba desesperadamente escapar del peso de la reputación de mi padre.
Mi padre, William Thorne, era el Presidente del Tribunal Supremo.
Crecí rodeada de abogados, políticos y jueces.
Pero no quería un hombre que amara mi nombre.
Quería un hombre que me amara a mí.
Así que mentí.
Le dije a David que mi padre era un funcionario jubilado de Florida.
Y al principio, parecía amar a la mujer que se escondía tras la mentira.
Pero cuando creyó que no tenía protección…
Todo cambió.
En el momento en que intenté sentarme,
regresé al comedor con la salsa.
La silla vacía junto a David me pareció un paraíso.
Me temblaban las piernas incontrolablemente.
Sin pensarlo, la saqué y comencé a sentarme.
El sonido de la silla al arrastrarse por el suelo silenció toda la habitación.
La voz de Sylvia se convirtió en un susurro peligroso.
—¿Qué crees que estás haciendo?
—Solo necesito sentarme un momento —dije débilmente.
Sylvia se levantó lentamente.
Entonces golpeó la mesa con la mano.
«Los sirvientes no se sientan con la familia».
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