Pero no era él.
Un anciano frágil entró, apoyado pesadamente en un bastón. Llevaba un abrigo fino y tenía las manos rojas de frío. Justo detrás de él rodaba el perro más pequeño que jamás había visto: peludo, alerta, y con un diminuto suéter verde que parecía tejido con cariño y remendado con desesperación.
El perro miraba a su alrededor como si fuera el dueño del lugar.
"Buenas noches, señora", dijo el hombre en voz baja. "¿Cuál es el más barato del menú?"
Entornó los ojos al mirar la pizarra y luego miró las pocas monedas que tenía en la mano. Las contó dos veces.
Sentí una opresión en el pecho.
Pensé en mi abuelo de pie detrás del mismo mostrador, limpiándose las manos en el delantal.
"Alimentamos a la gente, no a las carteras", solía decir.
"¿Por qué no se sienta?", dije, abriendo un puesto. "Le prepararé algo rico".
El hombre dudó.
"Es demasiado. No quiero causar problemas."
"No quieres", respondí. Y por primera vez ese día, lo sentí de verdad.
Cociné como si cocinara para la familia. Pastel de carne, puré de papas, una salsa de cocción lenta, espesa y aromática. Incluso trinché un poco de carne en un plato pequeño y lo puse con cuidado delante del perro, que movía la cola como si le hubiera tocado la lotería.
Comimos juntos: tres almas perdidas en una mesa.
Se llamaba Walter. No hablaba mucho de sí mismo, pero me escuchaba. De verdad que me escuchaba. Cuando le hablé de mi hija, se me quebró la voz. Esperaba esa simple vergüenza, ese silencio cortés que la gente ofrece cuando no sabe qué decir.
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