Le robaba el almuerzo a mi pobre compañero todos los días solo para burlarme de él. Pero cuando leí la nota que su madre había escondido en su mochila, la comida se convirtió en cenizas en mi boca.

Levanté lentamente la nota, saboreando el momento. El patio del colegio bullía de actividad y la expectación flotaba en el aire. Un grupo de estudiantes se acercaba, ansiosos por entretenerse. Ansiaba oír ese sonido: el murmullo de risas a punto de estallar. Era poder. Y el poder se sentía bien.

"Escucha una obra maestra hoy", anuncié, desdoblando la nota arrugada como si revelara un gran premio. Krasili tragó saliva con dificultad. "Hijo, perdóname. Hoy no pude permitirme queso y mantequilla..."

Risitas silenciosas llenaron el aire. "Me salté el desayuno para que pudieras comerte esta rebanada de pan..." El viento cambió. Las risas comenzaron a amainar. "Esto es todo lo que tengo hasta que me paguen el viernes. Come despacio para que te llenes".

Mi voz ya no sonaba juguetona. "Estudia mucho. Eres mi orgullo y mi esperanza. Te quiero con todo mi corazón". "Mamá". La última palabra apenas escapó de mis labios. Reinó el silencio, un silencio pesado y opresivo. Incluso los pájaros parecían detenerse a mitad del canto.

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