—Lo siento, abuela —susurré—. Solo necesito un poco de tiempo.
Apenas dormí, dando vueltas por la casa, esperando encontrar otra solución. Pero amaneció, y con ella, la realidad.
La casa de empeños estaba en el centro del pueblo, un lugar al que la gente solo entraba cuando no tenía otra opción. Sonó el timbre al entrar.
—Necesito vender esto —dije, colocando el collar sobre el mostrador.
El hombre se quedó paralizado al verlo.
Su rostro se ensombreció.
—¿De dónde lo sacaste? —susurró.
—Esto era de mi abuela —respondí—. Solo necesito lo suficiente para pagar el alquiler.
—¿Cómo se llamaba?
—Merinda.
Retrocedió tambaleándose, agarrándose al mostrador. —Señora… siéntese.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Es falso? —No —dijo con voz temblorosa—. Es muy auténtico. Antes de que pudiera reaccionar, agarró el teléfono.
"Lo tengo. El collar. Está aquí."
Un escalofrío me recorrió la espalda.
"¿A quién llamas?"
Me miró con los ojos muy abiertos. "Señora... alguien la ha estado buscando durante veinte años."
Antes de que pudiera responder, la puerta trasera se abrió.
"¿Desiree?"
Entró, mayor, pero inconfundible. La mejor amiga de mi abuela.
"Te estaba buscando", dijo, abrazándome inesperadamente.
Entonces me contó la verdad.
Mi abuela no era mi abuela biológica.
Me encontró de niña, sola, escondida entre los arbustos, con ese collar alrededor del cuello.
No había nombre. Ni una nota. Solo yo.
Aun así, me crió.
Y Desiree pasó veinte años buscando mis orígenes.
Ese collar era la única pista.
—Y ahora —dijo Desiree en voz baja—, los he encontrado.
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