"Mamá, tengo fiebre... ¿puedo quedarme en casa hoy?", preguntó la niña. Su madre le tocó la frente y le permitió quedarse. Al mediodía, oyó la llave girar en la cerradura. Se asomó y vio a su tía entrar y meterle algo en el bolsillo del abrigo. Antes de irse, su tía la llamó y le dijo: "Ya me encargué de todo. Puedes llamar a la policía esta noche. Esa estúpida no sospecha nada".

Emma descansó unas horas y la fiebre había bajado un poco. Sin embargo, al mediodía, la despertó el sonido de una llave en la puerta. Su madre aún no debía estar en casa. Entonces oyó pasos suaves y pausados. La curiosidad y un nudo en el estómago la llevaron a acercarse con cautela a la puerta de su habitación.

Para su sorpresa, no era su madre, sino la tía Caroline, la hermana mayor de Laura. Caroline siempre se movía con seriedad: abrigo caro, postura rígida, mirada fría. Cerró la puerta sin hacer ruido y se dirigió de inmediato al abrigo de Laura en el perchero. Emma observó con incredulidad cómo su tía metía un sobre grueso y ligeramente doblado en un bolsillo interior.

Caroline miró nerviosamente a su alrededor, sin darse cuenta de que la niña la observaba. Entonces sacó su teléfono y marcó un número.

"Lo he arreglado todo. Puede llamar a la policía esta noche. Esa tonta no sospechará nada", dijo en voz baja, segura y aterradoramente clara.

Emma se quedó paralizada. No entendía bien qué significaba "lo tengo todo resuelto", pero su instinto le decía que no se trataba de un asunto de adultos cualquiera. La expresión en el rostro de su tía era decidida, casi triunfante, una mirada que Emma nunca había visto antes.

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