“No”, dijo Emma, señalando el abrigo. “Pasó algo malo. La tía Caroline estaba aquí. Tenía una llave… y te metió algo en el bolsillo”.
Laura frunció el ceño.
“¿Caroline? No tiene llave de esta casa”.
“Sí que la tenía”, insistió Emma con voz temblorosa. “Metió el sobre en tu abrigo”.
Desconcertada, Laura se acercó al perchero y metió la mano en el bolsillo. Sus dedos se congelaron al tocar el sobre. Lo sacó lentamente. Sencillo, sin marcar, cuidadosamente cerrado. Lo abrió… y se quedó sin palabras.
Dentro había extractos bancarios, transferencias y retiros que Laura nunca había hecho: transacciones a su nombre por valor de decenas de miles de dólares. Al final había un formulario policial que la señalaba como la principal sospechosa.
Emma vio cómo el rostro de su madre pasaba de la confusión al horror.
“Esto… esto parece una prueba”, susurró Laura. Prueba de fraude. Pero yo no tuve nada que ver.
Emma recordó esas palabras gélidas: «Puede llamar a la policía esta noche. Ese idiota no sospechará nada».
«Mamá», dijo en voz baja, «creo que la tía Caroline quiere culparte. Es una trampa».
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