Laura no perdió ni un segundo: revisó las cerraduras, bajó las persianas y bajó la voz.
"Emma, cariño, quédate cerca de mí, ¿de acuerdo? Lo solucionaremos juntas."
Emma asintió, conteniendo las lágrimas.
Laura llamó inmediatamente al departamento de fraude del banco y reportó las transacciones. Su voz era firme, pero le temblaban las manos por la adrenalina. Explicó los documentos falsos, las pruebas cuestionables y sus sospechas de que alguien —probablemente su hermana— intentaba incriminarla. El banco prometió congelar las cuentas e informar del asunto a las autoridades.
Después de colgar, Laura respiró aliviada.
"Eso nos da algo de tiempo."
Emma se sentó a su lado.
"¿Por qué haría eso la tía Caroline?"
Laura tragó saliva.
"No lo sé. Pero tenía problemas financieros... probablemente peores de lo que nos dijo."
Había otras señales: ausencias de reuniones familiares, cambios repentinos de humor, llamadas sospechosas. Laura pensó que era estrés. Ahora veía un patrón diferente: uno que la llevaba directamente a la desesperación.
De repente, algo se deslizó por debajo de la puerta: una nota.
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