"Mamá, tengo fiebre... ¿puedo quedarme en casa hoy?", preguntó la niña. Su madre le tocó la frente y le permitió quedarse. Al mediodía, oyó la llave girar en la cerradura. Se asomó y vio a su tía entrar y meterle algo en el bolsillo del abrigo. Antes de irse, su tía la llamó y le dijo: "Ya me encargué de todo. Puedes llamar a la policía esta noche. Esa estúpida no sospecha nada".

“Mamá… ¿y ahora qué?”

Laura apretó la mandíbula.
“No huiremos ni nos esconderemos. Nos protegeremos… con la verdad”.

Llamó a su viejo amigo, el detective Mark Sullivan. Tras escuchar toda la historia, dijo que vendría enseguida.
“Quédate con el sobre. No toques nada más”, ordenó, “y no dejes entrar a nadie”.

Quince minutos después, Mark llegó por la puerta trasera para evitar ser visto. Fotografió el sobre, la nota y los documentos falsificados: todas las pruebas. Explicó que Caroline podría haber estado trabajando con alguien de la policía o planeando una denuncia anónima.

A las 19:00, Laura, Emma y Mark permanecieron sentados en silencio en la sala, casi a oscuras.

Las sirenas se acercaban.

Pero esta vez, Laura no era una víctima. Esta vez, estaba preparada.

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