Mañana helada y esperanza marchita
El sábado por la mañana en Ohio no lo recibió con sol. Lo recibió un viento helado y brutal y una capa de nieve que parecía engullir todo a su paso. Arthur Gable, un hombre que había visto demasiados inviernos en su vida, estaba de pie junto a la ventana, frotándose las rodillas doloridas. A sus 68 años, cada paso era una lucha, y palear la nieve de la entrada parecía una sentencia de muerte.
Cuando sonó el timbre, Arthur no sintió alegría. Sintió irritación. ¿Quién, a las siete de la mañana, con este tiempo, se atrevía a perturbar su paz?
Al abrir la puerta, el frío lo golpeó. Pero lo que vio en el porche lo heló aún más que el viento. Dos chicos. Uno más alto, con una expresión fiera; el otro más pequeño, temblando tanto que le castañeteaban los dientes. Sus chaquetas eran finas y estaban empapadas, y una de las palas… parecía una broma. El mango estaba envuelto en una gruesa capa de cinta adhesiva gris.
—Veinte dólares por todo, señor Gable —dijo el mayor de los Marcus.
Arthur sabía que era el precio de la desesperación. Los adultos cobraban cien dólares por una entrada de garaje como esa. Los miró a los ojos y no vio ningún deseo de ganar dinero para una consola nueva. Vio una lucha por la supervivencia.
—Háganlo bien —murmuró, cerrando la puerta, aunque en el fondo sabía que acababa de cerrar el trato más importante de su vida.
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