Mañana helada y esperanza oxidada

I. Bailando con la Escarcha
Durante las siguientes horas, Arthur los observó por la ventana. Esto no era solo trabajo. Era una batalla. Marcus golpeaba la nieve helada con furia, como si luchara contra un enemigo personal. Leo, el menor, cojeaba tras él, recogiendo los restos con aquella pala rota que se doblaba con cada movimiento.

En un momento dado, Leo se desplomó. Simplemente cayó de rodillas, escondiendo el rostro entre las manos. Arthur sintió una punzada en el corazón. Vio a Marcus acercarse a su hermano, quitarse los guantes mojados y dárselos. Los vio intercambiar herramientas: Marcus tomó la pala rota para facilitarle las cosas a su hermano.

"Basta ya", susurró Arthur.

Se marchó con chocolate caliente. Cuando les entregó las tazas, los chicos las miraron como si fueran reliquias. El vapor que emanaba de la bebida les calentó las mejillas heladas.

—Ve al garaje, Marcus —dijo Arthur con la voz áspera de un viejo jefe de turno—. Hay una pala de acero colgada en la pared del fondo. No te lastimes las manos con esa chatarra.

Cuando Marcus tomó la herramienta profesional, sus movimientos adquirieron ritmo. Ya no estaba cansado. Tenía una misión.

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