Entonces le contó su plan. Compraría una casa en las afueras, donde hubiera espacio para todos.
"Quiero que formes parte de su vida, Anna. Siempre. Quiero que tengan todo lo posible."
Anna lo miró con lágrimas en los ojos, con un rayo de esperanza brillando en ellos.
Pasó un año. Vivían en una casa grande y luminosa a las afueras de Moscú. Kostya y Misha habían crecido juntos. La cirugía de corazón, realizada a Misha con fondos públicos en uno de los mejores centros, había sido un éxito, y ahora estaba casi tan cerca de su hermano como podía estarlo.
Anna se había convertido en una parte inseparable de sus vidas. No eran una pareja. Eran una familia. No una familia perfecta, construida a partir de los fragmentos de la tragedia, sino unida por el dolor compartido y un inmenso amor por sus dos hijos.
Una tarde, estaban sentados en la terraza.
"¿Sabes?", dijo Anna. A veces pienso que si no fuera por esa terrible historia, nunca nos habríamos conocido.
"Sí", respondió Dmitry, "La vida es extraña. Te lo quita todo y luego te da algo a cambio. No lo que esperabas. Pero quizás justo lo que necesitabas".
Miró la luz en las ventanas de las habitaciones de los niños. Sus hijos dormían allí. Su felicidad no era perfecta, marcada por la pérdida. Pero era real. Nacida del sufrimiento. Y por eso, aún más preciada.
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