Empecé poco a poco—muy pequeño. En una cocina estrecha con electrodomésticos anticuados que crujían con cada uso, horneaba pasteles y preparaba platos salados, vendiéndolos a vecinos, pequeñas oficinas y reuniones locales. La noticia se difundió poco a poco, una recomendación a la vez.
El trabajo era agotador—física y emocionalmente—pero la necesidad no deja espacio para la duda. Seguí adelante.
Año tras año.
El esfuerzo crecía. Siguieron oportunidades.
Lo que comenzó como un modesto servicio de catering se convirtió gradualmente en una cafetería de barrio. El café evolucionó hasta convertirse en un restaurante respetado. Y con el tiempo, ese único restaurante se expandió hasta convertirse en una cadena próspera conocida en todo el sur de California.
El éxito no llegó de la noche a la mañana—pero cuando llegó, fue innegable.
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