
Nos las arreglábamos bien, pero no nos quedaba mucho para extras. Aun así, nuestra pequeña casa estaba llena de risas y amor, y Savannah nunca se quejó de lo que no podíamos permitirnos.
Aquel otoño tenía catorce años, piernas largas y pelo rizado y alborotado, lo bastante joven para creer en los milagros, pero lo bastante mayor para comprender la angustia. Pensé que sus plegarias de bebé no eran más que deseos infantiles que se desvanecerían con el tiempo.
Pero entonces llegó aquella tarde en la que presencié lo inesperado.
Estaba en la cocina, corrigiendo algunos trabajos de mi clase de la tarde, cuando oí un portazo.
Para ver as instruções de preparo completas, vá para a próxima página ou clique no botão Abrir (>) e não se esqueça de COMPARTILHAR com seus amigos no Facebook.
