La sonrisa de Lily permaneció, pero su mirada se desvió por un instante.
—Estoy bien —dijo—. ¿Por qué no lo estaría?
Intenté reír. —Solo... estaba comprobando.
Se acercó y me besó la mejilla, rápido y cariñoso, como si quisiera tranquilizarme sin abrirme.
Y a veces los niños cargan con el peso de las cosas en silencio porque creen que así es como se ve el amor.
Cerca de las dos de la madrugada, estaba en el pasillo, frente a la habitación de Lily.
La puerta estaba cerrada. Una franja de luz cálida se filtraba por debajo: su luz de noche.
Apoyé la palma de la mano en la puerta, sin abrirla, solo escuchando.
Silencio.
Y algo en mi interior me susurró una verdad que no quería oír:
Si falta a clase, no es por imprudencia.
Es porque cree que tiene que hacerlo.
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