—Alberto —dije, sosteniéndole la mirada—. Quiero que vayas a mi oficina y me traigas la carpeta azul del cajón de seguridad. La que tiene los documentos originales.
La palabra mi oficina tocando el aire como una campanada.
Rubén frunció el entrecejo.
—¿Tu oficina?
Alberto tragó saliva.
—Sí, señor… digo… sí.
—¿Sí qué? —espetó Rubén—. ¿De qué demonios están hablando?
Pero Alberto ya había entendido que el teatro había llegado al punto del telón caído. Dio media vuelta y entró casi corriendo al restaurante.
A mi derecha, un hombre mayor de chamarra café levantó la voz.
—Pues yo quiero ver en qué acaba esto.
—Yo también —dijo la muchacha que grababa—. Porque el señor tiene toda la razón en quedarse.
Rubén intentó recuperar el control.
—Señores, les pido una disculpa por este incidente. En un momento se reanudará el acceso. Casa Moreno mantiene altos estándares y—
—Tus estándares dan vergüenza —dijo una mujer desde la fila—. A mí me da más pena cómo lo estás tratando que cómo viene vestido él.
Rubén la ignoró, pero el color empezó a abandonarle el rostro. Marta dio un paso hacia mí, mínimo, indeciso.
—Papá, por favor… mejor vámonos. Luego hablamos.
La miré. Vi el maquillaje perfecto, el bolso caro, la postura rígida de quien lleva demasiado tiempo tratando de pertenecer a una foto ajena.
—¿Luego? —pregunté—. ¿Después de que me dejes solo aquí, humillado, frente a todo el mundo?
Se le llenaron los ojos de agua, pero volvió a bajar la cabeza. Y entendí que todavía seguía atrapada.
No era solo miedo al conflicto. Era algo peor: dependencia.
Rubén se metió en medio como quien protege una propiedad.
—Marta, entra. Yo me encargo.
—No me hables como si no estuviera aquí —dije.
Él me miró con frialdad.
—Entonces compórtese como alguien que pertenece aquí.
Fue ahí, exactamente ahí, cuando sentí que la paciencia ya me había dado suficiente evidencia.
Metí la mano en el bolsillo, saqué el llavero y lo coloco sobre la pequeña mesa de recepción junto a la puerta.
Las llaves sonaron con un golpe metálico seco.
No eran unas llaves cualquiera. Cada una llevaba una placa dorada con el logotipo grabado de la empresa y el nombre del local al que pertenecía. Polanco. Coyoacán. Roma. Puebla. Guadalajara. Mérida. Oaxaca. Monterrey. Ocho restaurantes, y dos propiedades administrativas más.
La muchacha del teléfono se acercó al zoom.
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