Lucía.
La chica que había amado antes de irse.
La chica que le había rogado que no se fuera.
—Eso… no es posible —murmuró.
Carmen lo miró con tristeza.
—Cuando te fuiste al norte… ella ya estaba embarazada.
El corazón de Raúl comenzó a latir con fuerza.
—¿Por qué… por qué nadie me dijo nada?
Carmen dejó escapar un suspiro profundo.
—Porque Lucía no quiso.
Raúl se inclinó hacia adelante.
—¿Dónde está ella?
Carmen no respondió de inmediato.
Miró a los niños.
Sofía sostenía la mano de su hermano.
Mateo parecía confundido.
Finalmente, Carmen habló.
—Lucía murió cuando ellos nacieron.
El silencio cayó como una losa.
Raúl sintió que el aire desaparecía de la habitación.
—¿Murió…?
Carmen asintió lentamente.
—El parto fue difícil. No había dinero para el hospital.
Se llevó la mano al pecho.
—Vendí mi anillo para pagar la ambulancia… pero no llegó a tiempo.
Raúl cerró los ojos.
La imagen de Lucía, riendo bajo el sol del pueblo, apareció en su mente.
Nunca había imaginado ese final.
—¿Y los niños…?
—Son tuyos —dijo Carmen suavemente.
Raúl abrió los ojos.
Mateo lo miraba fijamente ahora.
Sofía también.
Como si intentaran encontrar algo familiar en su rostro.
Raúl sintió que algo se rompía dentro de él.
—Nueve años… —susurró—. Nueve años y no sabía que tenía hijos.
Carmen bajó la mirada.
—Lucía me hizo prometer que no te buscaría.
—¿Por qué?
—Porque sabía que estabas luchando en el norte. No quería que abandonaras todo por culpa de ella.
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