"Llévame a casa de tu madre."
Parte 3 — Dos mundos, una dirección
Mi todoterreno abandonó el reluciente centro de la ciudad y siguió rodando hasta que la fachada urbana desapareció.
Los caminos lisos se llenaron de baches. Las farolas escasearon. Los escaparates dieron paso a vallas y tejados derruidos. Charcos de agua se estancaron en la tierra removida, como si el suelo se hubiera hundido.
La joven señaló una pequeña casa de madera, remendada, destartalada, que se mantenía en pie como podía gracias a su pura obstinación.
Ella fue la primera en entrar.
¡Mamá! ¡Tenemos una visita!
Crucé el umbral y sentí cómo cambiaba el aire: húmedo, medicinal, con ese ligero olor a enfermedad que no desaparece.
En un rincón, sobre un colchón desgastado, una mujer tosía; delgada, exhausta, frágil, como si la vida le hubiera robado el tiempo.
—¿Quién es, Lupie? —preguntó débilmente, con la voz ronca.
La jovencita, Lupie, me miró como si estuviera orgullosa de sorprenderme.
No aparté la mirada de la mujer.
—El anillo —dije con calma—. Por favor, enséñamelo.
Parte 4 — El colgante debajo de la almohada
El rostro de la mujer palideció.
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