“Hijo mío… no sé por qué Dios te trajo a mi vida”, dijo con una voz tan débil que tuve que inclinarme para oírla mejor, “pero si ya no puedo pagarte… por favor, no dejes de visitarme todavía”.
Esa frase se me quedó grabada.
Sonreí para aliviar la tristeza.
“No te preocupes, Doña Carmen. Concéntrate primero en recuperarte”.
Me apretó la mano con sus dedos fríos y huesudos.
“Prométemelo”.
No sé por qué, pero se lo prometí.
A partir de entonces, fui a su casa todas las semanas, a veces incluso dos veces, aunque nunca me dio los 200 pesos prometidos.
Al principio, pensé que simplemente se le había olvidado.
Después, imaginé que tal vez estaba ahorrando durante varias semanas para poder pagarme todo de una vez.
Finalmente, comprendí la verdad: simplemente no tenía con qué pagarme.
Una tarde, mientras le preparaba el caldo de pollo, reuní todo mi valor y le dije:
«Doña Carmen, no se preocupe por el dinero. Me paga cuando pueda».
Dejó la cuchara y me miró con una extraña tristeza.
«Siempre habla como si hubiera un “luego”».
No supe cómo reaccionar.
Con el paso de los meses, mi rutina se integró en su vida, y poco a poco ella se integró en la mía.
Le llevaba fruta si tenía algo de dinero.
Le compraba la medicina cuando me daba cuenta de que no podía pagarla.
A veces, después de terminar de limpiar, me sentaba con ella un rato y escuchaba historias de su juventud, sobre un marido que ya había fallecido y sobre unos hijos que, como ella decía, «vivían sus propias vidas».
Nunca hablaba mal de ellos.
Eso me impresionó.
Simplemente dijo:
«Una madre nunca deja de ser madre, aunque sus hijos olviden cómo ser niños».
Un día, encontré varias cartas viejas devueltas por correo en un cajón entreabierto.
Todas dirigidas al mismo lugar en Monterrey.
Todas con el mismo apellido.
Ninguna había sido abierta.
No dije nada.
Ella tampoco.
Pero esa noche, al irme, me preguntó por primera vez:
"¿Podrías volver mañana?"
Sí, volví.
Y al día siguiente también.
Su salud se deterioró rápidamente.
Apenas podía mantenerse en pie.
Respiraba con dificultad y jadeos cortos.
Una mañana, el médico de la clínica comunitaria me llevó aparte y me dijo sin rodeos:
"Está muy débil. No creo que le quede mucho tiempo".
Esa tarde, al salir de la clínica, la ayudé a subir lentamente a un taxi. Doña Carmen permaneció en silencio, mirando por la ventana como si contemplara una ciudad que ya no le pertenecía.
Antes de salir de casa, dijo:
«Diego... cuando muera, asegúrate de que no tiren mis cosas sin revisar primero el armario».
Sentí una punzada en el pecho.
«No digas eso».
«Prométemelo».
Esa palabra otra vez.
Para ver as instruções de preparo completas, vá para a próxima página ou clique no botão Abrir (>) e não se esqueça de COMPARTILHAR com seus amigos no Facebook.
