—Sí —respondió—. Siempre perteneciste aquí.
Una lección que perduró
Más tarde esa misma semana, el padre Michael mencionó aquel domingo en su sermón.
No mencionó su nombre.
No avergonzó a nadie.
Pero les recordó a todos:
«Es fácil aceptar a quienes son como nosotros.
Es más difícil aceptar a quienes nos recuerdan en quiénes tememos convertirnos».
Los fieles guardaron silencio.
Porque comprendieron.
A veces la prueba no está en el sermón.
Sino en la persona que está sentada a tu lado.
Y la fe no siempre se trata de las palabras de la oración,
sino de a quién eliges sentarte a tu lado.
Aquel domingo, una anciana entró a la iglesia vestida con harapos.
Salió envuelta en calor.
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