Por las tardes, cuando empezaba a refrescar, se metía en el agujero y tocaba las paredes.
Estaban frías, pero sólidas.
Matei dejó de preguntar cuándo volvería su padre.
Ilinca empezó a decir que la casa nueva olía a «hierba y verano».
Cuando colocó las vigas de sauce en el tejado, el viento apareció de la nada. Arrancó ramas, levantó polvo e intentó arrebatarle el trabajo de las manos.
María subió al tejado descalza para tocar la madera. Ató las ramas con cuerda. Echó una gruesa capa de paja encima.
El viento aullaba.
La casa seguía en pie.
La primera helada llegó una mañana tranquila. El campo estaba blanco. El aire helaba los pulmones.
En su pequeña casa, una estufa de hierro fundido crepitaba.
El humo salía a borbotones de la corta chimenea.
Las gruesas paredes protegían del frío. El suelo, al estar bajo tierra, conservaba el calor. Una pequeña ventana dejaba pasar un rayo de luz sobre la mesa.
Matei se sentó en un taburete y se calentó las manos.
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