Y en una llanura desolada donde no había nada, permanecía una pequeña casa, emergiendo de la tierra, construida con diez guirnaldas de flores, dos manos agrietadas y una tenacidad más fuerte que el invierno.
Aquella no era una casa cualquiera.
Era la prueba de que a veces, cuando te lo quitan todo, te queda algo que nadie puede comprar.
El poder de no irse jamás.
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