Durante tres años felices, me dediqué a nuestra familia mientras David trabajaba. Una noche, todo se derrumbó.
A las 11:30 p. m., recibí una llamada del hospital. David había sufrido un grave accidente de coche. Al llegar, el médico me dijo que su médula espinal estaba gravemente dañada. Estaba paralizado de cintura para abajo y sus posibilidades de volver a caminar eran escasas.
Esa noche, le tomé la mano y le prometí que no lo abandonaría. Nuestros hijos tenían solo ocho y cinco años. Rendirme no era una opción.
El accidente destruyó mucho más que el cuerpo de David: arruinó nuestras finanzas. Su bufete de abogados quebró, los ingresos desaparecieron y los gastos médicos agotaron nuestros ahorros. Después de tres años sin trabajar, volví al trabajo, aceptando el primer empleo que encontré. El sueldo era bajo, pero suficiente para salir adelante.
Mis días comenzaban antes del amanecer y nunca terminaban del todo. Trabajaba a tiempo completo, criaba a dos hijos y cuidaba de David: lo cargaba, lo bañaba, le daba de comer, me encargaba de sus medicamentos, citas médicas y papeleo. Llevaba las riendas de la casa yo sola. Durante ocho años, esa fue mi vida.
La gente me decía que era fuerte. Decían que la mayoría de la gente se habría marchado. Pero me quedé porque lo amaba y creía en el valor de nuestro matrimonio.
En su séptimo año, algo cambió. Durante una revisión rutinaria, el médico notó actividad nerviosa. David movió el dedo del pie. Fue la primera señal de esperanza en años.
El año siguiente lo dedicó a la fisioterapia. El progreso fue lento, doloroso y agotador, pero valió la pena. Un día, David se puso de pie. Meses después, caminaba solo. Los médicos lo llamaron un milagro. Yo lo vi como un nuevo comienzo.
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