Al día siguiente, entró en casa con la misma seguridad de siempre. Acerqué una silla a la estufa y le puse el periódico delante. No dije nada. Simplemente lo miré, como cuando era pequeño y se negaba a decirme la verdad sobre algún error.
Vi cómo se le abría la boca, le temblaban las manos y la realidad lo golpeó sin piedad. No lo reprendí; simplemente le pregunté:
«Mamá, ¿cuándo fue la última vez que sentiste verdadera felicidad?»
Entonces se levantó, salió y se quedó allí unos minutos. Cuando regresó, ya no era el millonario frío de las revistas. Era mi hijo, Andrei, con los ojos humedecidos.
«Perdóname. Creí que con el dinero ya había hecho suficiente.»
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