Las barbacoas en casa de mi abuela el 4 de julio siempre eran ruidosas, caóticas y un simple comentario imprudente podía convertirlas en una discusión.
Ese año, el aire estaba impregnado del aroma a carbón, maíz y líquido para encender fuego. Mi abuela, Gloria Bennett, permanecía sentada en silencio en su sillón habitual, bajo una sombrilla descolorida, observando a la gente en el jardín como si intentara memorizar quiénes eran en realidad. Tenía ochenta y un años; mentalmente estaba lúcida, atenta y más taciturna que antes, pero cuando hablaba, la gente aún la escuchaba.
Para ver as instruções de preparo completas, vá para a próxima página ou clique no botão Abrir (>) e não se esqueça de COMPARTILHAR com seus amigos no Facebook.
