Durante quince años, la única voz humana que Kora Abernathy había escuchado era la suya propia. Un suave murmullo que se mezclaba con el silbido del viento entre las ramas altas. Su mundo era una parcela de cien acres de tierra árida, una robusta cabaña construida por un padre al que apenas recordaba y la silenciosa y vigilante compañía de las Montañas Dragoon.
La soledad era como una segunda piel, una fortaleza contra un mundo que le había arrebatado todo.
Pero un martes, sofocado por el calor asfixiante de agosto, el silencio se rompió. Siete sombras se extendían por su tierra, inmensas y silenciosas. No eran buscadores de oro ni vagabundos. Eran guerreros apaches, titanes del desierto, y no habían venido en busca de agua ni de guerra.
Habían venido a tomarle la mano.
El hijo de Arizona era un martillo implacable que golpeaba la tierra agrietada de la granja de Kora Aernathy. A sus 22 años, su rostro ya reflejaba esa dureza. Su piel estaba curtida del color del cuero fino de las sillas de montar, y sus ojos, del azul pálido del cielo del desierto. Al amanecer, ella estaba acostumbrada a entrecerrar los ojos ante el resplandor implacable. Se movía con la economía propia de la soledad, cada acción con un propósito.
El golpeteo rítmico de su hacha al partir la leña era la única percusión en la vasta y silenciosa orquesta del desierto.
Su padre, Orin Abernathy, le había enseñado a sobrevivir en ese lugar antes de que la fiebre se los llevara a él y a su madre quince años antes. Le había enseñado a interpretar el paisaje, a rastrear la caza, a disparar con precisión y, sobre todo, a no depender de nadie.
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