Entonces guardé silencio. Me dije a mí misma que la familia era más importante que cualquier carrera. Pero poco a poco empecé a sentir que me desvanecía. Mis días se volvieron iguales: compras, cocinar, lavar la ropa, planchar. Y él, cada vez más frío, más apresurado, más indiferente.
Esa noche, en la cafetería de la estación, por primera vez en mucho tiempo, sentí una oleada de libertad. Quizás era miedo a lo desconocido, quizás era el coraje que había estado oculto en mi interior durante años. Decidí que ya no viviría para los demás.
Por la mañana, subí al tren con una pequeña maleta y el corazón rebosante de emociones. Cuando las ruedas empezaron a moverse, sentí que mi vida comenzaba de nuevo. No sabía qué me esperaba en Bucarest, pero sabía una cosa: no volvería.
Alquilé una pequeña habitación cerca de la Estación Norte, con paredes blancas y una gran ventana que dejaba entrar el sol. Los primeros días lloré mucho. Agotamiento, miedo, liberación. Pero una mañana vi un anuncio: "Se busca asistente de diseñador de interiores. Experiencia mínima: se requiere título universitario".
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