Nadie se atrevía a pronunciar su nombre en voz alta. Era joven, de una belleza deslumbrante, una cualidad única que inspiraba tanto encanto como desprecio. Él amaba a las mujeres. A puerta cerrada, susurraban, con la voz cargada de juicio y temor. Algunas la temían, otras la envidiaban, y un hombre, su padre, la despreciaba. En un arrebato de vergüenza e ira, decidió que debía pagar por ser quien era.
Una noche, mientras el sol dorado se ponía tras los interminables campos de la plantación y las sombras se extendían sobre los pulidos suelos de la gran casa, convocó a los capataces y proclamó su decreto. Ella viviría con esclavos varones hasta que supiera cuál era su lugar. Su corazón latía con fuerza en su pecho, no por miedo, sino por una rebelión que ardía con más intensidad que el sol en los campos.
A ojos de todos en la casa, había sido condenada. Sin embargo, guardaba un secreto, una chispa de astucia y resistencia que ningún castigo podía extinguir. Mientras la escoltaban por los pasillos, los demás esclavos se detuvieron, observándola. Murmullos se alzaron entre ellos, una mezcla de curiosidad y cautela. Habían oído las voces.
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