Los bancos estaban llenos, pero nadie me miraba a los ojos. Ya había llorado todo lo que podía en el hospital.
Solo quedaba una calma vacía. Toqué el ataúd, recordando su piel fría y la calidez de su vientre: vida y muerte chocando en un mismo instante.
El sacerdote hablaba de paz, pero yo solo escuchaba: no la salvé a tiempo.
Lucía siempre decía que estaba bien. Quería creerla.
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