Entonces se abrieron las puertas de la iglesia. Los tacones resonaron sobre el mármol. Me giré.
Álvaro, mi yerno, entró riendo, impecable, con una joven de vestido rojo a su lado.
Ni tristeza, ni respeto. Los invitados murmuraron; el sacerdote quedó en silencio.
—Llegamos tarde, el tráfico estaba imposible —dijo con naturalidad.
Cuando la mujer pasó a mi lado, se inclinó y susurró, con frialdad: —Parece que gané.
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