Las manos que no soltaban

Parte III
Los años siguieron su curso, y la vida cambió.
Las abuelas se hicieron más lentas, los pasos más cortos, pero el amor el mismo.
Cuando Elena enfermó, fue Marta quien la cuidó día y noche; y cuando Rosa perdió la vista, Clara le leía en voz alta los libros que ella misma había escrito.

—¿Te das cuenta, hermana? —decía Clara—. Nosotras somos lo que ellas sembraron.
—Sí —respondía Marta—. Todo lo que somos viene de sus manos.

El día que Doña Rosa partió, el sol se escondió temprano entre nubes rosadas, como si el cielo se inclinara para llevarla con cuidado.
Pocas semanas después, Elena la siguió, tranquila, con una sonrisa.

Marta y Clara se quedaron solas otra vez, pero no tristes.
Habían heredado algo más que recuerdos: la fuerza, la fe, la ternura.

Años después, Marta abrió una casa para mujeres sin familia y la llamó “Hogar Rosa y Elena”.
Clara escribió un libro con el mismo título, donde contaba la historia de dos niñas que fueron salvadas por el amor incondicional de sus abuelas.

Y en la última página escribió:

“Ellas nos enseñaron que la sangre te da la vida,
pero el amor… el amor te enseña a vivirla.”

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