Las manos que no soltaban

Parte II
Pasaron los años.
Marta se volvió una mujer responsable, fuerte, con los mismos ojos firmes que su abuela Elena. Trabajaba de enfermera en un hospital pequeño, siempre cuidando a los demás.
Clara, más soñadora, estudió literatura y empezó a escribir sobre el amor, la pérdida, y la memoria.

Las abuelas envejecieron lentamente, pero nunca perdieron la dulzura.
Cada domingo, las cuatro se reunían a almorzar, riéndose como si el tiempo no doliera tanto.
Habían construido su propia familia, sin necesidad de explicaciones del pasado.

Un día, un hombre tocó a la puerta. Era el padre.
Tenía el rostro envejecido, los hombros caídos, y una mirada llena de culpa.
—Solo quería verlas una vez más —dijo temblando—. No merezco su perdón, pero las he pensado cada día.

Marta lo miró con una calma que le dolía en los huesos.
—No hay odio, papá. Solo vacío —respondió.
Clara le ofreció un vaso de agua.
—Las abuelas te reemplazaron con amor. Eso fue suficiente.

El hombre se marchó sin insistir, sabiendo que el tiempo no se puede desandar.

Parte III

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