La verdad estaba parada frente a mí, de espaldas, en la cocina de nuestra casa, cortando pechugas de pollo sobre una tabla de madera que yo había comprado en un mercado de artesanías de Puebla durante nuestro segundo aniversario. El olor a ajo sofrito y cebolla llenaba el aire. Martín llevaba aquella camisa azul que le regalé porque siempre decía que le hacía ver los ojos más claros. La misma camisa que yo había planchado esa mañana, antes de salir al trabajo, mientras él me besaba la frente y me decía que no olvidara comer a mis horas.
Mi nombre es Carolina Méndez. Tengo treinta y dos años, soy diseñadora gráfica y durante casi ocho años creí ser una mujer afortunada. Tenía un matrimonio que desde afuera se veía sólido, una mejor amiga que conocía mis secretos más vergonzosos y mis sueños más íntimos, una casa en las afueras de la ciudad con una cocina grande, una bugambilia en la entrada y una terraza donde yo imaginaba envejecer. Tenía rutina, estabilidad, un futuro trazado con esa falsa tinta que uno cree permanente cuando ama a ciegas.
Pero aquel martes volví temprano del trabajo porque una tubería se rompió en la oficina y nos mandaron a todos a casa antes del mediodía. Yo venía contenta. Venía pensando en ponerme pants, pedir sushi o tacos de arrachera, abrazar a mi esposo por la espalda y ver con él una película malísima mientras afuera anochecía. Venía imaginando una vida que en ese momento ya no existía.
Cuando entré, lo primero que me pareció raro fue escucharlo cocinar. Martín cocinaba los fines de semana; entre semana pedía comida o recalentaba lo que yo dejaba hecho. Aquella tarde, sin embargo, estaba metido en una especie de domesticidad casi tierna, como si quisiera sorprenderme. Yo quise creerlo. Yo siempre quise creerlo todo.
—Hola, amor —dije, dejando mi bolsa en el sofá.
Él se sobresaltó. No fue un brincó normal, no fue el gesto de alguien distraído. Fue el salto de un hombre al que acaban de encontrar haciendo algo que no debía. Se giró apenas un poco, me sonrió demasiado rápido y luego volvió a la sartén.
—Llegaste temprano.
—Reventó una tubería en la oficina. ¿Y tú? ¿Desde cuándo cocinas un martes?
—Quise hacer tu pollo a la mostaza.
Mi favorito.
Para ver as instruções de preparo completas, vá para a próxima página ou clique no botão Abrir (>) e não se esqueça de COMPARTILHAR com seus amigos no Facebook.
