Nunca debí contestar aquel mensaje.
Eso es lo primero que pensé después. No cuando vi las fotos. No cuando escuché la confesión. No cuando firmé el divorcio ni cuando me enteré de que medio mundo sabía lo que pasaba en mis espaldas. Lo pensé exactamente en el instante en que mis dedos tocaron la pantalla del teléfono de mi marido y escribieron, con una calma que no sentía y una rabia que todavía no entendía: Entonces ven. Mi esposa salió. Te extraño.
Hasta ese momento yo seguía creyendo que lo mío era una pesadilla breve. Un malentendido asqueroso, sí, pero todavía explicable. Un error de nombre. Una broma estúpida. Un mensaje mandado a la persona equivocada. Lo que fuera, menos la verdad.
Para ver as instruções de preparo completas, vá para a próxima página ou clique no botão Abrir (>) e não se esqueça de COMPARTILHAR com seus amigos no Facebook.
