Estábamos en la sala de embarque del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, Terminal 1.
Alejandro me abrazó fuerte.
"Shh... está bien, mi amor", murmuró, pasando suavemente sus dedos por mi cabello. "Solo son dos años en Toronto. Necesito aceptar esta oferta. Es para nuestro futuro. Podremos ahorrar mucho".
Hundí mi cara en su pecho, con los hombros temblando.
Te voy a extrañar mucho, Alejandro. Por favor, ten cuidado. Llámame seguido...
"Lo prometo", dijo, besándome la frente. "Te encargarás de todo. Te quiero, Sofía".
Lo observé mientras caminaba hacia inmigración.
Justo antes de desaparecer, se giró y me saludó con la mano por última vez.
Le devolví el saludo y las lágrimas me nublaron la vista.
Pero en el instante en que desapareció de mi vista...
El llanto cesó.
Me sequé las mejillas lentamente.
La tristeza desapareció de mi expresión, reemplazada por algo distante. Controlada. Fría.
Salí del aeropuerto con paso firme y la cabeza bien alta.
¿Su "mudanza a Toronto"?
Un completo invento.
Tres días antes de su vuelo, mientras se duchaba, vi que su correo electrónico estaba abierto en su portátil. No había ningún contrato corporativo de Canadá.
Sin embargo, sí había confirmación de un apartamento de lujo en Polanco.
Alquilado para él.
Y para su amante.
Valeria.
Y estaba embarazada.
La brillante estrategia de Alejandro fue simple: fingir que se mudaba al extranjero para poder vivir con ella abiertamente, sin mi interferencia.
¿Y lo más cruel?
Su intención era vaciar poco a poco los 650.000 dólares de nuestra cuenta conjunta: más de once millones de pesos. Dinero acumulado gracias a mi herencia y años de duro trabajo.
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